La sensación de “esperar” algo en cualquier momento crea una especie de dependencia maligna, que no es sana, y mucho menos objetiva, pero por otra parte provoca un estado de ánimo agridulce, turbio, vehemente, de confusión e ilusión, de ansiedad y de sereno compás de espera, de esperanza y de sorpresa. Desde luego no es algo que produzca indiferencia, y por eso es tan “distinto”.